Crónica de un lector promiscuo

Memorias de Fuentes.     Todas las familias felices, es un libro de Carlos Fuentes, que me prometí como regalo de cumpleaños en un tren que cubría la ruta Varsovia-Nueva York (pasadizo secreto como el cable transatlántico que describe Mark Twain para hacer la primera llamada telefónica desde el continente europeo a Nueva York) pero otras lecturas se me atravesaron que fui posponiéndola hasta que, en una de esas librerías que venden reliquias en latín y tomos de Rebeláis, me encontré la obra de Fuentes, y supe que la hora había llegado.

 

Suele suceder que a los lectores empedernidos nos pasa lo mismo que a las damas en zapatería: nos queremos llevar todos los libros como ellas se quieren llevar los zapatos con todo y empleados, si eso fuera posible. El deseo es cargar con 100 libros aunque tengamos 500 en casa a los que aún no damos lectura. Como les sucede a ellas al imaginar que cierto par de zapatos de color chiclaminoso claro, se verían preciosos con la blusa café. Lo mismo al lector: este libro está interesantísimo, lo leeré en invierno, con una jarra de café y con los pies sobre el escritorio mientras nieva. ¡Qué felicidad! No se diga si hablas y lees tres idiomas; estás jodido, te pasa lo de Camus, primero compras libros y si sobra compras comida.
Así vamos acumulando libros y hay días en que uno está de humor para Homero Aridjis y otro día para Idries Shah, y cada libro es un mundo y una idea al mismo tiempo, una energía atrapada, todo un ecosistema que, a veces imagino a Papá Goriot en las noches, mientras duermo, emprender un largo viaje a Italia para comprar pastas, regresar en la madrugada y revenderlas por las mañanas para acumular riquezas y con ellas recuperar el amor de sus hijas. O que Gregorio Samsa se pone a leer La vida de los insectos, o que Mona Sofía, la puta más cara de Venecia, le da algunos consejos a Eugenia Grandet; o bien, que Don Quijote hace que Sancho entre en una dieta rigurosa para bajar la panza, o que el mismo Alonso Quijano quiera engordar a base de carbohidratos orgánicos.

 

Todo esto se me ocurre, porque me acuerdo que allá en el monte donde me crié, los libros, a la sombra de la alcahuetería de mi madre, me fueron marcando y creí siempre que los autores eran seres venidos de otro planeta. No entendía cómo era posible que todo lo que me contaban fuera verdad y yo lo creyera, aún sabiendo que era una gran mentira. Con los años, Vargas Llosa me aclararía el misterio, de forma magistral, en Cartas a un joven novelista.

 

De cualquier forma, creo que no hay felicidad mayor para un lector empedernido que ser testigo presencial de cómo otro lector se desternilla de la risa con una literatura de peso como la de Carlos Fuentes. El humor de un intelectual de la talla del señor Fuentes es exquisito, es delicado, es como degustar el platillo con ingredientes sencillos aderezados por mamá, pero llevados al extremo de lo que es tener talento para la cocina. Y hablando de mamás, fue mi madre la gran alcahueta de mis primeras lecturas; me solapaba el que leyera el libro vaquero, el libro pasional, el libro semanal, joyas de la literatura. Esto, contrario a mi padre, quien pensaba que aquellos dibujos de parejas en besos fogosos, abrazos y desnudos a medias, darían paso a pensamientos “indecentes” y me encenderían la imaginación a cosas que entendería sólo cuando me volviera un hombre. Mi padre ya no puso reparo cuando en casa empezaron a aparecer libros con páginas llenas sólo de letras, o lo ignoró a propósito o no sabía; lo cierto es que empecé a leer estos libros que eran más peligrosos, porque con ellos me echaba viajes espectaculares apoyados sólo por el pensamiento y la verdadera imaginación. Desde entonces, este pequeño acto me ha parecido tan seriamente rebelde y espectacular que incluso puede llegar a cambiar cómo piensa toda una nación. Decidí practicarlo a lo largo de mi vida. A través de ellos conocí personas que se volvieron amigos de toda la vida, se forjaron grandes amistades como grandes amores. No me explico cómo algo intangible como las palabras tiene el poder de transformar, de crear camaraderías, complicidades; incluso alcanzan, indudablemente, para encontrar al amor de su vida y llenar a la mujer amada de rapsodias interminables en noches oscuras.

 

Así que el otro día durante el viaje Varsovia-Nueva York vi a esta muchacha reírse mientras leía alguna parte del libro en cuestión. Cuando encuentras a otro lector que habla tu mismo idioma –leer un libro de tu autor favorito- no dudas en acercarte, ser insolente y preguntarle: 

-¿De qué se ríe? ¿Puede compartir?

 
Para sorpresa tuya, estos seres no son huraños, están dispuestos a hablar si te les acercas con el espíritu abierto, quieren hablar, porque no compartir la lectura es poner la semilla sin echarle agua. Mientras cruzábamos el puente sobre el Atlántico, que une Varsovia-Nueva York, me hizo una sinopsis de otros libros de Carlos Fuentes: En esto creo, Frontera de cristal, Geografía de la novela, etc. Me recomendó el libro. Me leyó las líneas por las cuales se reía; antes de hacerlo, convenimos que el humor es subjetivo y se disparó con el párrafo:

 

“Jesús Aníbal no supo si reír o enojarse cuando encontró a Ana Fernanda recostada en la cama, tijera en mano, cortándole la punta a la colección de condones que, ilusoriamente, el joven marido había traído a casa a fin de combinar seguridad y goce.
-Estas porquerías las prohíbe la Iglesia.”
 
Cómo no habría de reírme. Decidí empezar a dar lectura una vez llegara a casa. Lo increíble del caso es que lo busqué entre todos los libros en la sección de AÚN NO LEÍDOS, pero no lo encontré. Fue cuando me acordé que eso de la librería que vendía libros en latín fue un sueño del que había hecho notas y sobre él había edificado un cuento, una mentira a medias, una historia de amor. Así que me felicité, no leería a Fuentes, continuaría con Mastery de Robert Greene; ya haría un tiempo para tal goce. Siempre he considerado que los libros, como el amor, llegan cuando deben llegar y nada más; es un encuentro de amor y tú lo sabes, sólo te los puedes encontrar cuando estás preparado.

 

La historia no termina ahí. La historia termina en que un día con tres tequilas en la cabeza, bajé los escalones del subterráneo y me pareció tener una visión: un libro abierto a la mitad, como si estuviera despatarrado, solitario en el andén, con un tipo esperando el subterráneo e ignorando la existencia del libro tirado en el piso. Me le acerqué aún con miedo, pensando que se trataba de un sueño, me di una cachetada, me dolió. Levanté el libro todo tembloroso, abrí la primera página, en grandes letras góticas la inscripción:
 

“Leer es un milagro y este no es un encuentro cualquiera. Leer es de alienígenas y esta no es una casualidad. Este libro fue concebido pensando en usted. La lectura también es imaginación, que no se le olvide. Un pueblo que no lee está condenado en parte a la miseria…

 

Atte. Carlos Fuentes.”

 

Lautaro Literatura.

Author: Lautaro Literatura

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