El hombre de pasado mañana
Segundo bono

(2) Los Bonos de la historia

(2) Los Bonos de la historia de “El Hombre de pasado mañana” son los pequeños capítulos que relatan la estancia de Verga en el pasado (que es nuestro presente) y es una historia alternativa a la columna que pueden leer si les da la gana, o mandar al carajo, sin ningún remordimiento literario.

Lo buscamos por todos lados y Arnulfo, que no cabía en la depresión, porque creía que habíamos hecho algo mal y que al final de cuentas habíamos afectado el futuro con nuestras acciones, no paraba de angustiarse y, entre más se angustiaba, más chupaba caguama.

Para esos días, el presidente Peña Nieto presentó una propuesta para conformar un nuevo Constituyente, que es la reeelaboración de la Carta Magna en el país y pues a nosotros dos todo eso nos valía puritita verga, porque nuestro amigo del futuro había desaparecido sin dejar rastro alguno.

En esos días, comenzó a lloviznar mucho. Las lluvias ligeras de la Huasteca son una especie de maldición cochambrosa, porque provocan un lodazal terrible por todos lados y porque causan muchos accidentes porque convierten las calles y avenidas en pistas de patinaje.

Yo recuerdo que conducía el viejo Tsuru por el bulevar Valles 85, de regreso a casa de Arnie, cuando vi que del lado opuesto del camellón, un carro negro de una marca desconocida a simple vista había perdido el control.

De pronto, el oscuro bólido se trepó al camellón y pareció enfurecer su loca trayectoria, porque aceleró en contra del camino contrario, donde de nada me sirvió reducir la velocidad, porque el coche negro fue a treparse encima del cofre del Tsuru que apenas había terminado de pagar.

La contusión había sido muy dura contra el volante y cuando me levanté sentía como me escurría la sangre muy rápido desde la frente. Arnulfo estaba como dormido, con la cabeza colgada y sostenido en el asiento de copiloto, por el cinturón de seguridad.

Arnulfo, le llamé. Arnulfo, le insistí. Con los ojos cerrados y con un balbuceo propio de quien bebe de más comentó que ya había marinado la carne. Me alivié un poco con ese delirio propio de un borracho no de un accidentado y salí del carro.

No dejaba de lloviznar. El carro negro era de líneas redondas con remates aerodinámicos en las polveras y en la parte alta del capó. Ahí fue cuando me di cuenta que no era negro el color, sino gris metálico, solamente que tenía una capa de carbón encima, como si hubiera estado metido en una polvareda de tizne. Limpié con el dorso del brazo el parabrisas y dentro estaba una mujer desvanecida en el asiento de conductor, con la sangre recorriéndole el rostro en hilitos delgados. Parecía muy dormida, no parecía que fuera una persona recién colisionada, más bien parecía una criatura que hubiera permanecido dormida toda la existencia, como una planta o un coral. Recuerdo que pensé que hasta para eso nos ganaban las mujeres, porque en los accidentes, ellas quedaban como dormidas en su elegante cansancio y el Arnie hasta deliraba con carnes asadas con sus trompas turgentes del sueño profundo del borracho.

Las sirenas de la Cruz Roja sonaron a lo lejos. La mujer de traje deportivo y carro tiznado, pareció estremecerse tras el parabrisas.